El amor a las variaciones
- Teología en Letras

- hace 2 días
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Imagine, lector, que frente a usted aparece un hombre al que nadie conoce. No tiene empleo, no posee domicilio fijo y tampoco carga consigo prestigio alguno. Sin embargo, comienza a decir cosas que, a primera vista, parecen absurdas: que podemos ser felices aun cuando alguien nos insulte, nos persiga o incluso nos obligue a trabajar sin recibir nada a cambio.
Probablemente muchos lo miraríamos con desconfianza. Otros pensarían que sus palabras son imposibles de vivir en el mundo real. Pero antes de juzgar a este personaje, vale la pena detenernos un instante y hacernos una pregunta mucho más cercana e incómoda: ¿somos realmente felices con nuestro trabajo, con nuestro estilo de vida y con nosotros mismos tal como somos?
La felicidad es un concepto difícil de definir, pues lo que hace feliz a una persona puede no hacer feliz a otra. De hecho, muchas veces confundimos bienestar con verdadera felicidad. Suponga, lector, que usted tiene un buen trabajo que le remunera ampliamente y le permite vivir en una buena casa; ha podido comprarse el automóvil del año, viajar y alcanzar estabilidad financiera. Gracias a ello, también disfruta de cierta tranquilidad en otros aspectos de su vida y, para completar su dicha, todos en su hogar se encuentran bien.
Ahora imagine algo distinto.
Una llamada inesperada. Una enfermedad. Una crisis económica. Un accidente. Y, poco a poco, aquello que parecía seguro comienza a desaparecer. Pierde el trabajo, la estabilidad, la casa y la tranquilidad. Entonces deja de sentirse feliz, y eso es algo que cualquiera puede comprender.
¿Qué sucedió?Su felicidad desapareció junto con aquello que la sostenía.
¿Por qué ocurre esto? Porque gran parte de nuestras aflicciones y preocupaciones nacen de un amor excesivo hacia cosas sujetas a constantes variaciones y del hecho de no querer reconocer que, en realidad, nunca podremos poseerlas por completo.
Vivimos en permanente expectativa por aquello a lo que nos aferramos. Nos aferramos a las cosas materiales y a este sistema de vida; al reconocimiento, al estatus, a la aprobación de los demás e incluso a la necesidad de sentirnos indispensables o admirados. Pero todo aquello cambia. Todo puede perderse. Y cuando nuestra felicidad depende únicamente de esas cosas, también nuestra paz queda expuesta a cada cambio de la vida.
Por eso Jesús decía: “Felices los que lloran… felices los que sufren persecución, felices los pobres de espíritu… felices los que tienen hambre…”. Con estas palabras nos enseña que nunca seremos verdaderamente felices sino lo somos aún en medio de las pruebas.
La felicidad auténtica no nace de lo que poseemos, sino de lo que habita dentro de cada uno de nosotros. No somos felices por una prosperidad envidiable, sino por la capacidad de conservar la esperanza, la paz y el sentido aun cuando todo alrededor parece derrumbarse.
Eso fue lo que enseñó aquel hombre sin empleo ni domicilio fijo: Jesús de Nazaret.
Y quizá la pregunta más importante no sea cuánto tenemos, sino qué quedará de nosotros si la vida nos quitara aquello de lo que nos creímos dueños.






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