Voluntad de poder...
- Teología en Letras

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He estado en los últimos días en una lectura muy programada y formal del filósofo Friedrich Nietzsche y, aunque sin vergüenza alguna debo decir que no logro comprender mucho de sus escritos —o mejor dicho, poco es lo que logro comprender—, sí debo comentarles algo que me ha llamado profundamente la atención: su concepto de la “voluntad de poder” me ha cautivado de una manera franca, debo decir.
¿Qué es la voluntad de poder para Nietzsche? En alemán diríamos: “Der Wille zur Macht”. La voluntad de poder no es un concepto que Nietzsche desarrolla con un solo sentido. ¿Sabe usted a qué se refiere el filósofo con “Der Wille zur Macht”?
En esencia, para Nietzsche, la voluntad de poder es la fuerza fundamental que impulsa la vida. Y esto, entendiéndonos bien, para Nietzsche es mucho más que simplemente sobrevivir —lo que muchos hacemos día a día luchando contra nuestra economía, nuestras relaciones y todo lo que se nos pone por delante—. Mientras otros pensadores, como Arthur Schopenhauer, proponían que el motor de la vida era perpetuarse, Nietzsche sostenía algo distinto. De hecho, criticaba con dureza a Schopenhauer porque consideraba insuficiente esa idea de vivir únicamente para conservarse.
Ante esto, el filósofo alemán repite en sus escritos que la vida no quiere solamente conservarse: quiere expandirse, quiere crecer, quiere afirmarse y también imponerse. Pero no con la intención de dominar a otros, sino con la intención de dominarse a sí mismo. Podemos entender —o tratar de entender— que Nietzsche proponía que la voluntad de poder es el impulso interno que mueve al ser humano a superarse, a crear y a crecer frente a sus propias debilidades y limitaciones.
Escuchaba al doctor Mario Alonso Puig hace unos días decir que muchos de nosotros, cuando llegamos a cierta cantidad de años, de manera inconsciente comenzamos a repetirnos: “Ya estoy viejo”, “ya no puedo hacer esto o aquello”. Y dice el doctor que nuestro cerebro escucha esas palabras e inmediatamente empieza a desactivar funciones; comenzamos, casi sin notarlo, un proceso de preparación para morir.
En mi cultura circundante lo escucho y lo veo con frecuencia. Personas mayores que cargan un bordón que no necesitan. Personas que viven hablando del cáncer que seguramente las matará, o cuyos coloquios giran siempre alrededor del operado del mes. Otros entran a la jubilación y pareciera que ya tienen preparada únicamente una bolsa para hacer mandados porque “ya están viejos”. Y así se ven y así se sienten: exageradamente limitados.
Pero yo no hablo solamente del anciano. Hablo también del que, sin ser anciano, se siente anciano. Lo digo así porque, en mi trabajo de atención a algunas personas, me topé con un hombre que declaraba, muy seguro de sí mismo, que ya no estaba para muchas de las cosas que su esposa le exigía. Yo lo escuchaba mientras trataba de desenredar el conflicto que tenía frente a mis ojos. Aquel supuesto anciano decía estar demasiado viejo para esto o aquello. Su aspecto era el de un hombre agotado por la vida, pero algo no calzaba, hasta que le pregunté la edad. El hombre tenía 46 años. Vaya susto me llevé.
Nietzsche afirma que todo en el universo está animado por esta voluntad de poder, pues todo se encuentra en una constante lucha por afirmarse y transformarse. No somos seres pasivos; somos, por naturaleza, profundamente dinámicos. Sin embargo, al menos en mi cultura, pareciera que muchos toman la decisión inconsciente de ir apagándose lentamente, preparándose para morir mucho antes de tiempo.
El ser humano libre es aquel que transforma su realidad mediante su voluntad de poder y no se rinde ante los desafíos que la vida le propone, ni se declara impotente frente a ellos.
La voluntad de poder es, entonces, el impulso vital más profundo que tiene el ser humano para afirmarse, transformarse, recrearse y superarse. Y la voluntad de poder, como creo haberla entendido —y porque además me funciona—, es aquello que me hace moverme hacia adelante, conquistar el miedo, superar el sufrimiento y volver a afirmar la vida incluso en medio del dolor.
Y aquí es donde, personalmente, encuentro un punto de encuentro con las enseñanzas de Jesús de Nazaret. Porque, tal como enseñó Jesús, nunca seremos verdaderamente felices si no aprendemos también a sostener la esperanza y el sentido aun en medio de las pruebas. La vida no siempre será cómoda ni sencilla, pero quizá nuestra mayor victoria consista precisamente en no dejar que el alma se rinda antes de tiempo.






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