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La necesidad de recuperar el pensamiento crítico dentro de la Iglesia


Siempre ha sido nuestro deseo, cuando hablamos o pensamos en la fe, comprenderla no como la aceptación pasiva de doctrinas, sino como una invitación a todo creyente a examinar, cuestionar y profundizar en toda enseñanza que se presenta, ya sea desde los púlpitos, la radio, la televisión o cualquier otro medio. Vivimos rodeados de una enorme cantidad de voces que afirman hablar en nombre de Dios, pero la abundancia de mensajes no garantiza la fidelidad de su contenido. Por eso nos atrevemos a definir a un profeta como los que proliferan hoy día, como uno que dice, que Dios le dijo, que me dijera.


Por otro lado la Biblia nos presenta un ejemplo admirable en los creyentes de Berea. El libro de los Hechos relata que fueron considerados más nobles que los de Tesalónica porque recibían la palabra con disposición, pero también examinaban diariamente las Escrituras para comprobar si aquello que se les enseñaba era verdad. Su nobleza no consistía únicamente en escuchar con atención, sino en contrastar toda enseñanza que escuchaban con el testimonio bíblico. En ellos encontramos un modelo que la iglesia contemporánea haría bien en recuperar.


Sin embargo, da la impresión de que ese espíritu bereano, no siempre está presente los domingos en muchos sectores de la iglesia protestante. Con frecuencia se adoptan ideas, expresiones y prácticas sin la reflexión necesaria por parte del creyente y solo se cree porque lo dijo el Pastor. Se habla de portales espirituales, rompimientos celestiales y toda clase de experiencias extraordinarias para las cuales no encontramos un fundamento en las Escrituras. En algunos casos, incluso se atribuye al ser humano la capacidad de determinar cuándo y dónde ocurren determinados actos divinos.


Frente a esta realidad, todos estámos llamados a desarrollar el discernimiento teológico necesario. Esto no significa convertirnos en teólogos o académicos, sino aprender a evaluar las enseñanzas que escuchamos, preguntarnos de dónde provienen esas afirmaciones y contrastarlas con la revelación bíblica. Jesús mismo apeló constantemente al discernimiento de quienes lo escuchaban y enseñó que los árboles se conocen por sus frutos. La fe cristiana nunca fue concebida como un ejercicio de credulidad, sino como una respuesta consciente a la verdad.


Por esta razón, la teología no debe verse como una disciplina reservada para seminarios o universidades. Entendida correctamente, es una herramienta al servicio de la iglesia que nos ayuda a pensar con mayor claridad sobre Dios, las Escrituras y la vida cristiana. Lejos de oponerse a la razón, se incorpora como parte de la búsqueda sincera de la verdad. Hace falta recuperar en las iglesias el hábito de reflexionar sobre lo que creemos, en lugar de depender exclusivamente de lo que escuchamos cada domingo o de los mensajes religiosos que circulan continuamente en distintos medios.


Este discernimiento lo podemos cultivar mediante prácticas sencillas pero fundamentales: la lectura serena y contextualizada de las Escrituras, el estudio de recursos teológicos, el diálogo respetuoso con otros creyentes, también la formulación de preguntas honestas y la reflexión personal sobre aquello que aprendemos. Ninguna de estas prácticas pretende sustituir la fe; por el contrario, contribuyen a fortalecerla y madurarla.


En definitiva, el discernimiento teológico es una responsabilidad que pertenece a todo creyente. No todos seremos teólogos profesionales, pero todos estamos llamados a reflexionar seriamente sobre aquello que creemos. Cuando la fe y la reflexión caminan juntas, las convicciones se vuelven más profundas, más firmes y más resistentes frente a cualquier enseñanza sin fundamento. Recuperar el espíritu de Berea sigue siendo una de las necesidades más urgentes de la iglesia de nuestro tiempo.


 
 
 

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