¿Puede una cocina ser un lugar de adoración?
- Teología en Letras

- hace 2 días
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Lorenzo de la Resurrección (Hermano Lorenzo) nació en el siglo XVII y fue bautizado con el nombre de Nicolás Herman en 1614, en Lorena (Francia). Murió en 1691. Fue un hermano lego carmelita descalzo, no sacerdote, que trabajó en las tareas más sencillas del convento, desempeñándose como cocinero, ayudante y zapatero.
Del Hermano Lorenzo aprendemos que es posible mantener una comunión continua con Dios en las actividades más rutinarias del día. Quienes recopilaron sus conversaciones y cartas nos transmiten precisamente esa filosofía de servicio y esa profunda conciencia de la presencia divina. Pero ¿cómo es esto?
Lorenzo de la Resurrección sostenía que la oración y los ritos eclesiales no eran los únicos momentos para rendir comunión y adoración a Dios. Enseñaba que, a lo largo del día, en medio de las tareas y responsabilidades cotidianas, era posible mantener esa comunión mediante una conciencia constante de la presencia de Dios.
Lorenzo no afirmaba una nueva forma de oración ni proponía una doctrina novedosa sobre la adoración. Más bien compartía el entusiasmo y la pasión que experimentaba por Dios a través de su servicio diario. Su vida espiritual no se limitaba a determinados momentos de devoción, sino que se prolongaba en cada una de las actividades que realizaba.
La pregunta es: ¿puede una cocina ser un lugar de adoración?
¿Es acaso lo que nos propone el Hermano Lorenzo una espiritualidad integrada y no solamente reservada para los momentos del rito, del culto o de la costumbre religiosa?
A la edad de dieciocho años, el Hermano Lorenzo contempló un árbol desnudo durante el invierno. Aquella imagen lo llevó a comprender que solo Dios sostiene y renueva la vida, pues sabía que aquel árbol volvería a florecer cuando llegara la primavera. A partir de esa experiencia comenzó a desarrollar una conciencia de la presencia de Dios que jamás abandonaría, ni siquiera en las tareas más simples de su vida conventual.
Para él, barrer con alegría para Dios era un acto de adoración; cocinar era una oportunidad para conocerlo más profundamente; y cada tarea cotidiana se convertía en una forma de comunión constante con su Señor.
La enseñanza de Lorenzo resulta especialmente relevante para nuestra época. Hoy vivimos en un mundo que produce tanto ruido que muchas veces ni siquiera somos capaces de escucharnos a nosotros mismos. Sería bueno que no olvidáramos la Biblia con la misma facilidad con que rara vez olvidamos nuestro teléfono celular. Las ocupaciones diarias y la filosofía del «todo urge» nos consumen, y Dios suele quedar relegado a los domingos de culto, a la misa o a los momentos programados de oración.
Y no hay nada malo en esas prácticas. Yo mismo respeto profundamente esa disciplina espiritual que nos fortalece. De hecho, esta reflexión resonó especialmente en mí hoy, pues durante nuestro culto dominical recibimos una predicación que, providencialmente, apuntaba en la misma dirección: recordar que Dios desea acompañarnos no solo en el templo, sino también en la vida cotidiana. Hacer comunidad nutre. Orar con constancia nutre. Servir activamente nutre. Todo ello contribuye a nuestro crecimiento espiritual. Sin embargo, el desafío consiste en no limitar nuestra relación con Dios únicamente a esos espacios.
Redefinir la espiritualidad es una tarea urgente en el mundo digital. Durante mucho tiempo hemos reducido lo espiritual a ciertos momentos y lugares, como si lo sagrado estuviera separado de la vida cotidiana. Pero la experiencia del Hermano Lorenzo nos recuerda que lo cotidiano también puede volverse sagrado y que la oración puede impregnar toda nuestra jornada.
Quizá redefinir la espiritualidad no consista en inventar nuevas formas de adoración, sino en recuperar una verdad antigua que el Hermano Lorenzo comprendió profundamente: Dios no está ausente de la vida ordinaria. Está presente en el trabajo, en los deberes diarios y en las tareas más sencillas cuando son realizadas con amor y conciencia de su presencia.
Tal vez la verdadera pregunta no sea cuánto tiempo dedicamos a Dios, sino cuánta de nuestra vida vivimos con Dios. Si Lorenzo tenía razón, entonces una cocina puede convertirse en un santuario, una escoba en un instrumento de servicio y una jornada común en un acto continuo de adoración.






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