¿Acaso soy yo el guardián de mi hermano?
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Nota del autor: Este artículo es un extracto adaptado del capítulo correspondiente de mi libro: Releyendo el Génesis sin mitos ni leyendas. En esta obra, busco despojar a los relatos del origen de sus capas puramente folclóricas para rescatar la urgencia ética que plantean al hombre contemporáneo.
Hay preguntas que, una vez formuladas, no dejan de resonar en el eco de los siglos. Tras la tragedia en el campo y la muerte de Abel, el Génesis nos detiene frente a un diálogo que es, en esencia, el espejo de nuestra propia condición. Dios se acerca a Caín y le pregunta por el paradero de su hermano. La respuesta de Caín —cargada de una evasión irreverente y casi hiriente— nos golpea todavía hoy: “No sé. ¿Soy yo acaso guardián de mi hermano?” (Gn. 4.9 LBLA).
A menudo vemos en estas palabras únicamente la irreverencia de un hombre ante el Todopoderoso. Pero si yo no soy el guardián de quien camina a mi lado, ¿quién lo es? Si la responsabilidad de cuidar la vida fuera exclusivamente de Dios, Él no nos pediría cuentas. Al interrogar a Caín, el Creador establece un principio sagrado e inamovible: hemos sido creados para ser los custodios de los otros.
El mito de la autosuficiencia
Desde el principio, la Escritura es tajante: “No es bueno que el hombre esté solo”. El ser humano es un ser sociable por diseño divino, necesitado de comunidad. La palabra utilizada para "guarda" es Shamar: resguardar, proteger, atender. Pero antes de profundizar en el texto, necesito que visualices conmigo un video mental, una pieza cruda para digerir la magnitud de nuestra negligencia.
Una sinfonía de horror y omisión
El video arranca con una música de órgano intensa, lúgubre, casi siniestra. Aparece un rótulo: “¿SOY YO EL GUARDIÁN DE MI HERMANO?”, y tras él, una leyenda que se desvanece lentamente: “AMARÁS A TU PRÓJIMO COMO A TI MISMO”.
Las escenas nos asaltan sin piedad. Vemos niños sufriendo el marasmo que devora sus cuerpos de adentro hacia afuera porque no hay nada en sus estómagos que consumir. Vemos la fotografía del premio Pulitzer: el horror de un buitre que espera con paciencia la muerte de una criatura para engullirla. Mujeres con pechos desnutridos de los que cuelgan niños succionando desesperadamente agua o aire. Cuerpos esqueléticos cuyos ojos, saltados de sus órbitas, suplican una misericordia que no llega. Otros, en un acto de desesperación animal, se pegan al trasero de la vaca sagrada para extraer excremento, porque morir de hambre es el dolor más desconcertante que un cuerpo puede experimentar.
La música se detiene solo para dar paso a un silencio sepulcral que anuncia lo que sigue: “GUERRAS”. Tanques y fusiles dominan la pantalla. El rostro de una niña aparece en primer plano; tiene arena en la cara y un surco de sangre espesa bajando por su mejilla. Niños cargados en brazos con las piernas colgando como tiras de trapo, cercenadas por la metralla. El rótulo de “AMARÁS A TU PRÓJIMO” empieza a fastidiar, se vuelve una burla ante nuestra inacción.
Finalmente, el rótulo de “NARCOTRÁFICO” muestra hileras de cuerpos con las manos amarradas a la espalda; jóvenes convertidos en sicarios infantiles listos para ser devorados por los perros. La música se detiene en seco. ¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?
La respuesta que nos condena o nos salva
Este ejercicio de imaginación nos grita una verdad: somos nosotros los que provocamos este dolor mientras cínicamente preguntamos por qué Dios permite la maldad. Somos los patrocinadores de estas guerras y del hambre. La respuesta para Caín y para cada uno de nosotros es: SÍ. Sí somos los guardas de mi hermano, porque Dios nos entregó esa responsabilidad.
San Vicente de Paul lo decía con una voz que hoy nos desafía: algunos se sienten orgullosos de sus "dulces coloquios" con Dios en la oración, hablando como ángeles; pero al salir de allí, cuando se trata de sufrir por el pobre, de buscar a la oveja descaminada o de aceptar la desgracia ajena, ya no hay tantos dispuestos. ¡No nos engañemos! Toda nuestra obra está en la acción.

Solidaridad, no lástima
El texto de Mateo 25 es el juicio final de nuestra empatía: “Tuve hambre, y me disteis de comer; tuve sed, y me disteis de beber...”. No es Dios el responsable de Abel; Él ya ha provisto lo necesario para que el ser humano deje de sentir una lástima estéril y pase a una solidaridad militante.
Como bien señaló el Conde Albert de Mun, la superioridad o el privilegio de unos es solo el origen de deberes sagrados para con los otros. No permitas que el dolor ajeno te resulte "exótico" o lejano. La propuesta es clara: No sientas pena por el pobre, solidarízate con él. Conviértete en su guardián.





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