¿Sodoma y Gomorra: fue la homosexualidad la causa de su destrucción… o la violencia y la indiferencia?
- Teología en Letras

- hace 2 días
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Hay ideas que se repiten tanto que terminan pareciendo “obvias”. Una de ellas es la explicación popular sobre Sodoma y Gomorra: “Dios las destruyó por homosexualidad”. Basta leer comentarios comunes (de iglesia, de redes, de sobremesa) para notar el patrón: se habla de “pecado sexual excesivo”, “lujuria”, “sodomitas”, y se concluye rápido: homosexualidad = causa del fuego.
Pero cuando una convicción se vuelve automática, lo honesto es volver al texto con preguntas incómodas. No para “forzar” la Biblia a decir lo que queremos, sino para impedir que la tradición diga lo que el texto no dice. Y aquí la pregunta es directa: ¿realmente la Escritura presenta la homosexualidad como la razón decisiva del juicio sobre Sodoma? Si no, ¿qué es lo que sí está denunciando?
Judas 7: el detalle que casi nadie mira
En esta discusión suele citarse Judas 7:
“Sodoma y Gomorra… habiendo fornicado e ido en pos de vicios contra naturaleza…” (RVR60)
Y el salto interpretativo es inmediato: “contra naturaleza” = homosexualidad. Esa lectura aparece incluso en documentos eclesiásticos que afirman que “no puede haber duda” del juicio moral contra relaciones homosexuales. Sin embargo, el problema es que la frase “contra naturaleza” no es una traducción neutra, sino una interpretación ya cargada.
Cuando se revisa el griego, el texto puede leerse de manera más literal como: “carne otra / carne diferente / carne extraña” (σαρκὸς ἑτέρας – sarkós etéras). Varias traducciones conservan esa idea (“carne extraña”), y algunos interlineales señalan algo más específico: “no humana, sino de ángeles”, conectando Judas con Génesis 19, donde aparecen visitantes que el relato identifica como ángeles y Génesis capítulo 6, donde nos dice que ángeles tomaron como esposas a las hijas de los hombres.
Esto cambia el foco: Judas no estaría describiendo simplemente “conducta sexual desordenada”, sino un impulso hacia “otra carne”, una transgresión que, al menos en el marco narrativo, se relaciona con la amenaza de abuso sexual sobre seres que no pertenecen al orden humano, o sea ángeles. Dicho de forma simple: el pasaje permite (y quizá exige) que nos preguntemos si la clave está en la homosexualidad… o en otra cosa más oscura y violenta.
Génesis 19: no es un romance, es una turba
Vayamos al corazón del relato. Génesis 19 inicia con Lot ofreciendo hospitalidad a dos visitantes. Aquí hay un detalle cultural crucial: la hospitalidad antigua no era “ser amable”. Era un deber sagrado de protección hacia el forastero, especialmente cuando no tenía conocidos, ni familia, ni seguridad.
El texto avanza y se vuelve brutal:
“Rodearon la casa… todo el pueblo… desde el más joven hasta el más viejo… ‘Sácalos para que los conozcamos’.” (Gn 19:4–5)
Algunas versiones despejan el eufemismo: “para tener sexo con ellos”. Esto es importante: el episodio describe una agresión colectiva, no un acto íntimo entre adultos que consienten.
Y aquí conviene decirlo sin rodeos: la violencia sexual no define orientación sexual. El texto no está narrando “una ciudad de homosexuales”. Está narrando un pueblo dispuesto a humillar a extranjeros mediante violencia, y dispuesto a romper una casa para lograrlo.
Cuando hay amenaza, turba, coerción, intento de violación, lo que tenemos no es “homosexualidad”, sino dominación, perversión, crueldad e impunidad social.
Por eso también es difícil sostener que el “pecado central” sea el acto homosexual entendido como consentimiento mutuo. En el relato, la idea de consentimiento ni siquiera existe. Lo que existe es la intención de someter.
Es fundamental hacer aquí una distinción que suele perderse en las lecturas tradicionales: homosexualidad no es lo mismo que violencia sexual. Para que pueda hablarse de homosexualidad —tal como hoy la entendemos— debe existir consenso entre dos personas adultas, una relación voluntaria, deseada y compartida. Nada de eso aparece en el relato de Sodoma.
El texto bíblico no describe una relación entre personas del mismo sexo que se buscan, se desean y consienten. Describe, más bien, una turba que intenta imponer un acto sexual mediante la fuerza, con amenazas y violencia, contra quienes están dentro de la casa de Lot. No hay consentimiento, no hay reciprocidad, no hay relación; hay intención de humillación, dominación y abuso.
Por esta razón, identificar este episodio como un ejemplo de “pecado de homosexualidad” es conceptualmente incorrecto. La Escritura no está narrando una orientación sexual, sino un acto de violación colectiva, algo que en cualquier época y cultura constituye una perversión y una forma extrema de violencia. El problema del relato no es con quién se quiere tener sexo, sino cómo y para qué: no como expresión de afecto o deseo mutuo, sino como instrumento de poder y sometimiento.
Reducir esta escena a una condena de la homosexualidad no solo empobrece el texto, sino que desplaza la atención del verdadero escándalo: una sociedad entera dispuesta a violentar al extranjero sin que nadie se oponga.
El escándalo dentro de la casa: Lot y el absurdo moral
El episodio se vuelve aún más inquietante cuando Lot ofrece a sus hijas para “proteger” a sus invitados. Cualquier lector moderno siente rechazo: ¿cómo puede alguien presentar a sus hijas como moneda de negociación?
Aquí el texto deja ver algo que muchas lecturas religiosas prefieren evitar: la Biblia no siempre presenta modelos morales ideales; presenta seres humanos dentro de culturas patriarcales y violentas. Lot puede ser “hospitalario” y al mismo tiempo moralmente quebrado. La historia no necesita que Lot sea santo para que el mensaje sea demoledor: cuando una sociedad normaliza la violencia, todos se deforman, incluso quienes quieren hacer “lo correcto”.
Y el relato remata con otro episodio desconcertante: Lot y sus hijas, alcohol, incesto, silencio narrativo. El texto no convierte a Lot en un héroe. Más bien, lo expone como un personaje ambiguo y humano, un espejo incómodo de una cultura desordenada.
Lot ofrece a sus propias hijas para que sean violadas. El texto no suaviza esta acción ni la disimula: la presenta tal como es, y por eso incomoda profundamente al lector moderno.
Este gesto no puede ser justificado moralmente, ni presentado como un acto ejemplar. Incluso entendiendo la importancia que tenía la hospitalidad en el mundo antiguo, resulta evidente que entregar a las propias hijas a la violencia sexual es un absurdo ético, una distorsión extrema de cualquier escala de valores sana. Proteger al extranjero no puede implicar sacrificar la vida y la dignidad de los más vulnerables del propio hogar.
Aquí el texto bíblico no está proponiendo un modelo a imitar, sino mostrando hasta dónde puede llegar una cultura cuando normaliza la violencia y deshumaniza a la mujer. Las hijas de Lot aparecen como moneda de cambio, como cuerpos disponibles para preservar un principio social mal entendido. El relato no justifica esta acción; la expone, la deja al descubierto, y precisamente por eso provoca rechazo.
Este detalle es crucial: si el texto estuviera interesado en denunciar la homosexualidad, Lot sería presentado como un héroe moral. Pero no lo es. El relato muestra a Lot como un personaje profundamente ambiguo, atrapado en una lógica cultural que sacrifica a unos para proteger a otros. Lejos de ser una defensa de la moral sexual, la escena denuncia el colapso moral de una sociedad donde la violencia se vuelve negociable.
“El clamor” que sube: ¿qué tipo de pecado produce clamor?
Génesis 18:20 no dice: “porque eran homosexuales”. Dice:
“El clamor contra Sodoma y Gomorra se aumenta… y el pecado… se ha agravado…”
Y Génesis 19:13 repite: el clamor ha subido delante de Dios.
La palabra “clamor” en la Biblia suele asociarse al grito del oprimido: gente aplastada, sin voz, víctimas de injusticia. Si este es el tono, entonces la pregunta cambia: ¿y si el centro no es la “moral sexual”, sino la injusticia social que genera víctimas?
Aquí es donde otros textos bíblicos se vuelven luz interpretativa. Isaías usa “Sodoma y Gomorra” como metáfora para denunciar manos “llenas de sangre”, sacrificios vacíos, y una religiosidad que convive con violencia. Pero Ezequiel es aún más explícito:
“Esta fue la maldad de Sodoma: soberbia, saciedad de pan, abundancia de ociosidad… y no fortaleció la mano del afligido y del menesteroso.” (Ez 16:49)
En lenguaje actual: orgullo, comodidad, indiferencia ante el vulnerable. No es que “tener pan” sea pecado; el pecado es hartarse mientras otros se mueren afuera, y sostener un orden social que desprecia al débil.
Jueces 19: la historia que confirma el patrón
Si alguien piensa que “lo de Sodoma” fue un caso aislado, Jueces 19 golpea la mesa con otra narración casi paralela: un forastero, hospitalidad, una turba, la misma frase (“para que lo conozcamos”), el mismo absurdo de ofrecer mujeres como sustituto.
Pero aquí la violencia se consuma: la concubina es abusada toda la noche y muere. Y la narración es escalofriante también por otra razón: la indiferencia. El levita la trata como objeto. La mujer ni siquiera tiene nombre. La tragedia no provoca compasión narrativa; provoca política, manipulación, guerra.

¿Y qué nos dice esto? Que el problema de fondo no es “la homosexualidad”. El problema es la degradación de la vida humana, especialmente la vida del vulnerable: mujer, extranjero, pobre, minoría, indefenso. Es el mundo donde “lo sagrado” se mezcla con brutalidad sin que nadie se escandalice.
Entonces, ¿qué denuncia realmente el relato?
Si uno une las piezas —Judas con “carne diferente”, Génesis con violencia colectiva, Ezequiel con injusticia y opulencia indiferente, Jueces con crueldad institucional— aparece una línea coherente:
El relato no gira alrededor del amor entre personas del mismo sexo.
Gira alrededor de la violencia sexual como instrumento de dominación.
Gira alrededor de la ruptura de la hospitalidad y la protección del forastero.
Gira alrededor de una sociedad que produce víctimas, y de un “clamor” que sube a Dios.
Gira alrededor de la indiferencia moral: la normalización de lo inhumano.
Esto no es “suavizar” la Biblia. Es leerla con seriedad. Y quizá la pregunta final no sea “¿quiénes eran los sodomitas?”, sino qué tipo de ciudad nos convierte en Sodoma: una donde la vida del otro no vale, donde el pobre sobra, donde el extranjero es amenaza, donde la mujer es objeto, y donde la religión puede seguir funcionando mientras el clamor de las víctimas sube.
Una invitación a releer sin indiferencia
El peligro no está en el texto; está en la lectura desidiosa que lo usa para justificar prejuicios o para simplificar la complejidad humana con un enemigo cómodo. La Escritura, leída con honestidad, no nos da permiso para odiar; nos obliga a mirar la violencia —incluso cuando está dentro del relato bíblico— y a separar las acciones de los hombres de la voluntad de Dios.
Así que vuelvo a la pregunta, ahora sin atajos:¿Fue la homosexualidad la causa del deterioro social? ¿O lo fue la violencia y la indiferencia, en cualquiera de sus formas?
Si Sodoma tiene un espejo para hoy, quizá no está en la orientación sexual de nadie, sino en nuestra capacidad (o incapacidad) de escuchar el clamor del vulnerable… antes de que la injusticia se vuelva costumbre





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