La Torre de Babel. ¿Un castigo divino o un acto de liberación?
- Teología en Letras

- hace 3 días
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Babel. La sola palabra evoca en nuestra mente imágenes de caos, de un enjambre de letras desordenadas y multitudes gritando sin entenderse. Desde los púlpitos tradicionales, se nos ha repetido una y otra vez la misma historia: Dios, ofendido por la arrogancia humana de querer construir una torre que tocara el cielo, decidió castigar a la humanidad confundiendo sus idiomas. Nos han enseñado a ver el plurilingüismo como una penitencia y la dispersión como una maldición.
Sin embargo, cuando nos atrevemos a releer el Génesis sin los lentes de los mitos y las leyendas populares, el texto bíblico nos revela una realidad sorprendente y diametralmente opuesta. ¿Y si Babel no fue un castigo, sino una intervención de emergencia para liberar al ser humano? ¿Y si la "confusión" no fue un acto de magia lingüística, sino una estrategia divina para derrocar a una tiranía?
La paradoja de las lenguas preexistentes
Para desmontar la lectura tradicional, debemos empezar por lo evidente, aquello que a menudo pasamos por alto en una lectura superficial. Si retrocedemos apenas unos versículos, al capítulo 10 del Génesis (la Tabla de las Naciones), nos encontramos con un dato demoledor: la diversidad de idiomas ya existía antes de Babel.
El hagiógrafo es enfático al describir a los descendientes de Noé. De los hijos de Jafet, Cam y Sem, se nos dice repetidamente que se dividieron "según sus familias, según sus lenguas, por sus tierras, por sus naciones" (Gn. 10:5, 20, 31). Si la Biblia afirma que las lenguas ya eran una realidad plural, ¿cómo podemos sostener que en el capítulo 11 todos hablaban un único idioma gramatical y que Dios inventó los demás en ese momento?
Debemos entender, entonces, que la expresión "toda la tierra tenía un solo lenguaje" en el relato de Babel no se refiere necesariamente a la fonética o la gramática, sino a algo más peligroso: la uniformidad del discurso. Se trata de un proyecto político e ideológico unificado, un "pensamiento único" impuesto a las masas.
El proyecto: Ciudad, Torre y Renombre
El relato de Babel gira en torno a una tríada monumental: Ciudad, Torre y Renombre. El texto nos dice que los hombres se dijeron: "Vamos, edifiquémonos una ciudad y una torre... y hagámonos un nombre" (Gn. 11:4).
Aquí entra en juego una figura que, aunque no se nombra explícitamente en estos nueve versículos, proyecta su sombra sobre todo el evento: Nemrod. Presentado en el capítulo 10 como rey de Babel y "vigoroso cazador", el término hebreo asociado a él, gibbôr, sugiere mucho más que fuerza física; apunta a la figura de un tirano. Como bien señala el historiador Flavio Josefo, Nemrod fue quien incitó a la gente a la afrenta contra Dios, transformando el gobierno en una tiranía y persuadiendo al pueblo de que su felicidad dependía del esfuerzo humano y no de la providencia divina.
El proyecto de Babel, por tanto, no es una inocente obra de ingeniería. Es un sistema de dominación. Al decir "hagámonos un nombre", se busca la fama, el prestigio y la inmortalidad política. Es el intento del hombre (representado por Nemrod y su élite) de eternizarse en el poder y evitar a toda costa ser "esparcidos sobre la faz de la tierra". Recordemos que el mandato divino original en el Edén fue "fructificad y multiplicad, y henchid la tierra" (Gn. 1:28). La concentración en Babel es, en esencia, una rebelión contra la libertad de movimiento y expansión del ser humano.
Es fascinante notar el contraste teológico: mientras en Babel los hombres intentan hacerse un nombre por la fuerza, unos capítulos más adelante, Dios le promete a Abraham: "y engrandeceré tu nombre" (Gn. 12:2). El renombre genuino es un regalo de Dios, no una conquista basada en ladrillos, betún y explotación.
Redefiniendo la "confusión"
Si aceptamos que el relato trata sobre un imperio opresor, ¿qué significa entonces que Dios desciende para "confundir su lengua"?
Para entender esto, debemos acudir a la misma Escritura. En el Salmo 55:9, el rey David, acosado por traidores que antes eran sus amigos, ora diciendo: "Destrúyelos, oh Señor, confunde la lengua de ellos". David no está pidiendo que sus enemigos empiecen a hablar idiomas extranjeros repentinamente. Está pidiendo que Dios divida sus consejos, que introduzca desacuerdo en sus planes y que sus estrategias fracasen.
Vemos un ejemplo claro en la rebelión de Absalón, donde el consejo de Husai "confunde" y anula el consejo de Ahitofel. "Confundir la lengua", en el contexto bíblico de conflicto y poder, significa romper el consenso, sembrar la disensión en el discurso oficial y desbaratar la planificación estratégica.
Cuando Dios dice en Babel: "descendamos, y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero", no está actuando como un ilusionista que cambia el vocabulario de los obreros. Dios está actuando como un libertador que rompe la unanimidad del pensamiento único. Hace que el proyecto se vuelva inviable por las luchas internas, la falta de entendimiento en la dirección de la obra y la ruptura de la cadena de mando del tirano.
Babel como acto de liberación
Bajo esta nueva luz, la intervención divina cambia de color drásticamente. El descenso de Dios no es la reacción de una deidad celosa que teme que los humanos alcancen el cielo físico (algo imposible y absurdo). Dios desciende para ver la injusticia, la manipulación y la soberbia de un sistema que ha esclavizado la voluntad del pueblo bajo el deseo de gloria de un solo hombre o un grupo de poder.
La dispersión resultante no es el castigo; es la libertad.
Al confundir los planes de la élite de Babel, Dios libera a las masas de la construcción forzada de un monumento a la vanidad humana. Los devuelve a su propósito original: llenar la tierra, diversificarse, crear culturas y vivir en libertad bajo el cielo de Dios, no bajo la sombra de un ladrillo cocido con fuego.
Babel nos enseña que cualquier proyecto humano que busque la uniformidad totalitaria, que pretenda "hacerse un nombre" excluyendo a Dios y oprimiendo al prójimo, está destinado al fracaso. Dios, en su misericordia, siempre intervendrá para confundir los planes de los tiranos y asegurar que el ser humano pueda seguir expandiéndose por la tierra.
Así, dejamos atrás el mito de las lenguas mágicas para encontrarnos con una verdad política y espiritual mucho más profunda: Dios es el garante de nuestra libertad frente a cualquier imperio que intente encerrarnos entre murallas, ya sean de piedra o de ideología. La torre cayó, y con ella, las cadenas de aquellos que la construían.






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