El prefijo IN: anatomía del impensante religioso
- Teología en Letras

- 10 ene
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El prefijo «in-» —es decir, la i y la n— se utiliza para negar el significado de la palabra a la que acompaña. Así, por ejemplo, si hablamos de algo que carece de justicia diremos injusto; si decimos de algo que no es útil, diremos inútil.
Para el tema que queremos ventilar hoy debemos agregar y comprender que este prefijo, por razones fonéticas, cambia de forma según la consonante que lo siga. Así, podemos decir de algo que no es posible: imposible, donde la n cambia por m. Esto responde a la regla fonética que aprendimos en la escuela: antes de p y b, m escribiré. Y esto es porque nos resulta más sencillo pronunciar la m que la n antes de la p.
Y precisamente esa comodidad de lo más sencillo es el tema de este artículo, que gira en torno a los impensantes.
¿Qué es un impensante? La palabra impensante se compone del prefijo in- (que muta a im-), el cual es un prefijo de negación que ya explicamos, y del término pensante, es decir, el que piensa. Este término proveniente del latín pensare, que significa reflexionar, sopesar, ponderar. Y ponderar, como verbo transitivo, es examinar con cuidado algún asunto.
Por tanto, debemos aclarar que aquí no hablamos de una persona que no puede pensar. Hablamos, más bien, de una persona que, por voluntad propia, no ejerce su facultad de pensar.
Si abordamos el término con un tono filosófico, podemos afirmar que existe una gran diferencia entre no pensar y ser impensante. No pensar puede ser algo momentáneo, producto del cansancio, la ignorancia o la distracción. Alguien podría decir: «Me distraje y no lo pensé». Pero el impensante muestra toda una actitud de vida: vive sin reflexión, sin cuestionar nada; lo acepta todo y no ejerce la crítica en lo más mínimo y lo peor es que todo lo santifica.
Revisemos ahora al impensante como categoría filosófica. En primer lugar, es necesario aclarar que un impensante no es un tonto. Este puede ser una persona educada, informada, incluso culta, amante del arte en todas sus expresiones. Pero no cuestiona, no contrasta, no examina y, menos aún, discierne. Por eso acepta todo discurso, dogma e ideología sin someterlos al escrutinio de la razón.
Desde una perspectiva teológica, reflexionamos si los llamados «impensantes» forman parte de lo que Ortega y Gasset denominó el «hombre masa», ese fenómeno que hoy llena muchos espacios y entre estos los espacios religiosos. En no pocas iglesias —especialmente dentro del neopentecostalismo— se puede observar cómo algunas personas -y talvez más de las que desearíamos- abandonan su capacidad de pensar y delegan su conciencia, renunciando a su responsabilidad moral de vida y terminan confundiendo la fe con una obediencia acrítica y todo conforme al pastor o discursante en turno les diga.
No cuestionan, no problematizan, no contrastan, no examinan, no disciernen. El impensante decide que no quiere pensar y abandona todo intento de aprender, porque es más fácil no hacer nada y esperar a que llegue el culto para sentir que vive una experiencia espiritual sin examinarla, para no incomodarse. Vivir instalado en las certezas ajenas resulta mucho más cómodo que pensar.
Pero lo verdaderamente trágico es que el impensante no solo renuncia a pensar: se convierte en el terreno ideal para toda forma de dominación. Basta con observar la escena cotidiana. Después de una semana de trabajo agotador para pagar cuentas, pensar en proyectos familiares porque debemos avanzar, luchar contra el estrés y en muchos casos apenas sobrevivir, llegamos el domingo a la iglesia solo para que nos digan que vamos para el infierno y que estamos en deuda permanente con Dios. Y el impensante baja la cabeza, acepta su culpa, sigue alabando, no se incomoda, no pregunta y no busca respuestas.
Recordemos a Étienne de La Boétie: ningún tirano —ni político ni pastor, agrego yo— gobierna solo. Gobierna porque millones han decidido no pensar. El impensante del culto confunde fe con sumisión, obediencia con virtud y silencio con humildad. Así entrega su libertad con la excusa de servir a Dios.
Recordamos también a Juan Pablo II en su encíclica Fides et Ratio, cuando advierte que una fe sin razón es mera credulidad. Y el apóstol Pablo exhorta: «Examinadlo todo; retened lo bueno». Con estas palabras convoca al pensante que habita en nosotros, no al impensante que —como ya dijimos— puede ser inteligente o listo, pero que por voluntad propia ha renunciado a ejercer su facultad de pensar.
El pensante es crítico, responsable y consciente de su pensamiento. Es lo contrario del impensante, que no es un inválido intelectual, pero prefiere la comodidad de que otros decidan por él. Porque pensar cansa, responsabiliza, compromete. Y no tener que pensar tranquiliza.






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