Cuando la fe sufre una caída de voltaje.
- Teología en Letras

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En electricidad existe un fenómeno conocido como caída de voltaje. Cuando un conductor es demasiado largo, la energía que sale de la fuente no llega al destino con la misma intensidad. Parte de esa energía se pierde en el trayecto. El voltaje que estaba presente en el origen disminuye conforme avanza por el cable.
Los ingenieros conocen bien este problema y buscan reducirlo aumentando el grosor del conductor o utilizando otros medios que permitan transportar la energía con la menor pérdida posible. El objetivo es que aquello que nació con una determinada fuerza llegue al final conservando la mayor parte de ella.
Algo semejante ocurre cuando intentamos transmitir una experiencia espiritual vivida.
Cuando Dios toca el corazón de una persona, cuando alguien experimenta una profunda revelación, una respuesta a la oración, un momento de adoración o una manifestación de la presencia divina, la experiencia es intensa, viva y transformadora. En ese instante genial, la persona sabe lo que está viviendo, lo siente intensamente y no necesita explicaciones. Está sumergida en una realidad que ha experimentado y que supera las palabras.
Sin embargo, cuando intentamos comunicar lo sucedido a otros, aparece una especie de caída de voltaje espiritual. La experiencia original es la fuente, la que hemos vivido. El relato es el cable. El oyente es el punto de destino. Y en ese trayecto inevitablemente se pierde la intensidad de la experiencia y ese voltaje significativo que hemos logrado experimentar no es posible transmitirlo.
No porque el testigo mienta ni porque el oyente sea incapaz de comprender. Se pierde porque las palabras tienen límites. La experiencia fue vivida en toda su riqueza emocional, espiritual y existencial, pero el lenguaje sólo puede transportar una parte de ella.
El que escuchó la voz de Dios puede contar lo sucedido, pero nadie puede escuchar exactamente aquello que él escuchó. El que contempló la gloria divina puede describirla, pero sus oyentes sólo recibirán una sombra de lo que vio. El que experimentó una paz indescriptible puede hablar de ella durante horas y aun así no lograr que otros sientan lo mismo.
Existe una distancia inevitable entre la experiencia y su transmisión.
Quizá por eso encontramos en las Escrituras un recurso frecuente: la hipérbole semítica.
Cuando los profetas, los salmistas o los apóstoles describen ciertos acontecimientos, a menudo utilizan expresiones que parecen exageradas. Los montes saltan como carneros. Los ríos baten las manos. Las ciudades elevan su voz. Las estrellas caen del cielo. Todo el universo parece participar del evento narrado.
Desde una lectura moderna, alguien podría pensar que se trata simplemente de exageraciones literarias. Sin embargo, en muchos casos cumplen una función mucho más profunda. Son intentos de engrosar el cable.
Si la experiencia es tan intensa que las palabras comunes no pueden transportarla adecuadamente, el lenguaje necesita adquirir mayor capacidad conductora. La hipérbole no busca distorsionar la realidad sino reducir la pérdida de voltaje del mensaje.
Es un esfuerzo por lograr que algo de la fuerza original alcance al oyente.
Cuando Pablo dice que escuchó cosas que no le es dado al hombre expresar, reconoce precisamente este límite. Hay vivencias espirituales que exceden la capacidad del lenguaje. La experiencia posee una carga superior a la capacidad de transmisión de las palabras.
Por eso los escritores bíblicos recurren a imágenes grandiosas, nos narran acontecimientos grandiosos, símbolos impactantes y expresiones intensificadas. No intentan impresionar. Intentan comunicar.
Saben que el voltaje de la experiencia disminuirá durante el recorrido, así que aumentan el grosor del lenguaje para que llegue la mayor cantidad posible de energía espiritual al corazón de quien escucha.
Y aun así, el resultado nunca es perfecto.
La experiencia de Dios siempre es mayor que su descripción.
Ningún sermón puede sustituir el encuentro personal. Ningún testimonio puede reemplazar la vivencia directa. Ninguna narración, por poderosa que sea, puede hacer que otro experimente exactamente aquello que experimentamos nosotros.
El relato puede señalar el camino. Puede despertar hambre. Puede inspirar fe. Puede acercar al oyente. Pero habrá una porción de la experiencia que sólo puede ser conocida cuando cada persona se encuentra por sí misma con Dios.
Tal vez por eso la Biblia no fue escrita únicamente para ser estudiada sino para conducirnos al encuentro con Aquel de quien habla.
Porque la verdadera energía nunca estuvo en el cable.






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