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El ser humano corre hacia su esclavitud.

Étienne de La Boétie fue un pensador humanista y magistrado francés que, entre los 18 y 20 años, escribió una obra breve pero de enorme fuerza filosófica titulada Discurso de la servidumbre voluntaria.


La idea central de este texto plantea que los tiranos y dictadores no gobiernan únicamente por la fuerza, la coerción o el poder que concentran, sino porque el pueblo —o, más precisamente, la gente— consiente en obedecer.


Esta afirmación nos confronta de alguna fuerte forma con algo que muchos sabemos, sospechamos o intuimos, pero que rara vez llevamos al nivel de la conciencia crítica. Es decir, lo sabemos, pero no lo comprendemos plenamente. Así es como los tiranos logran gobernar y los dictadores mantenerse en el poder. Y este mismo mecanismo —aunque con otros nombres y ropajes— también se reproduce en el ámbito religioso, particularmente en la relación entre las iglesias, sus pastores y sus fieles o gregarios.


La propuesta inquietante y provocadora de La Boétie puede resumirse así: “Los tiranos no gobiernan solo por la fuerza; gobiernan porque la gente consiente en obedecer”.


Desde aquí es posible visibilizar, dentro del contexto eclesial, las constantes apelaciones a la “sumisión”, más que a la obediencia. No son conceptos equivalentes. En la obediencia siempre existe, al menos en principio, la posibilidad de no obedecer; en cambio, la sumisión implica la disposición voluntaria de una persona a colocarse bajo la autoridad, voluntad o poder de otra, renunciando parcial o totalmente a su autonomía.


Pero el joven filósofo va aún más lejos y nos recuerda algo que puede observarse con facilidad si afinamos la mirada, especialmente en los espacios sociales y en las redes, cuando los líderes religiosos son cuestionados y defendidos por sus ovejas. La Boétie sostiene que los hombres no solo aceptan la esclavitud: la buscan, la defienden y la reproducen.


Aquí surge una pregunta inevitable: ¿por qué este o aquel “ungido del Señor” —como muchos se autodenominan— ejerce tal poder sobre su comunidad de fieles sumisos, al punto de que estos llegan incluso a defender a sus propios opresores? ¿Se trata de sofistas hábiles que, mediante discursos seductores, complacen los oídos de las ovejas y las conducen dócilmente a su redil?


La pregunta de fondo es la misma que formuló La Boétie hace siglos: “¿Por qué millones obedecen a uno solo?”

Su respuesta resulta perturbadora no solo por su contundencia, sino porque nos obliga a abandonar la comodidad del espectador y a mirar la realidad sin autoengaños: el tirano, el dictador o el líder sacralizado es poderoso únicamente porque la gente le entrega su propio poder.


A partir de aquí, el texto se abre a nuevas preguntas. ¿Por qué el ser humano entrega a otro la capacidad de decidir sobre aquello que le concierne? ¿Qué razones explican esta renuncia?


Una de ellas es la costumbre. Nacemos en sistemas injustos donde, desde temprana edad, se nos enseña a obedecer sin cuestionar, y con el tiempo esa obediencia se naturaliza. Otra razón es el miedo. El ser humano aprende a castigar y, a la vez, a temer al castigo. La culpa y el castigo funcionan como mecanismos de control que ofrecen una falsa sensación de alivio moral.


Sin embargo, quizá el factor más inquietante sea el miedo a la libertad. La libertad exige responsabilidad, implica asumir las consecuencias de nuestras decisiones y aceptar el riesgo inherente a toda elección auténtica. Y ese riesgo resulta insoportable para muchos. Por ello, no es extraño que se prefiera obedecer antes que pensar, recibir órdenes antes que leer, estudiar, discernir y asumir el esfuerzo que ello conlleva.


Este proceso se reproduce en cadena: el oprimido termina convirtiéndose en opresor. A cambio de pequeñas concesiones —migajas— muchos se sienten satisfechos, idealizan al tirano, lo admiran, lo defienden y lo justifican incluso cuando son engañados o perjudicados por él.


La pregunta final es inevitable: “¿Cómo nos libramos de los opresores?”

La respuesta de La Boétie, tan breve como radical, es esta: “Decidan no servir más y serán libres”. No se trata de una revolución violenta, sino de retirar el consentimiento que sostiene la dominación.

Los males estructurales de la sociedad no serían posibles sin la colaboración humana. Esta verdad incómoda ya había sido denunciada en el relato bíblico de Caín, cuando, ante la pregunta divina, responde: “¿Soy yo acaso el guarda de mi hermano?”.

 
 
 

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