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Juicio, discernimiento y amor: una lectura necesaria de las palabras de Jesús

Hemos escuchado muchas veces, dentro de nuestras comunidades, a alguien levantar una voz casi alarmada y decir: «Ay, hermano, no juzgue… recuerde que Jesús dijo: “No juzguéis, para que no seáis juzgados”» (Mt 7,1–2, RVR).


Esta frase suele aparecer como un cierre definitivo de cualquier reflexión moral, como si todo intento de evaluar una conducta fuera automáticamente una falta grave contra el Evangelio. Sin embargo, cabe preguntarnos con honestidad: ¿no es cierto que todos juzgamos y que, de algún modo, todos necesitamos ser juzgados? ¿No es el juicio —bien entendido— una función vital para la afirmación de valores, para la convivencia y para la vida misma?


Por ello, conviene plantear una pregunta previa y fundamental: ¿qué entiende Jesús por “juzgar”? ¿Hemos llegado acaso a interpretar per se que el juicio tiene necesariamente una connotación peyorativa, negativa o destructiva?


Desde una perspectiva teológica, es importante aclarar que juicio no es sinónimo de condena. En el lenguaje bíblico, juzgar implica discernir, evaluar y distinguir entre lo justo y lo injusto. Cuando confundimos juicio con condena, cerramos toda posibilidad de cambio, perdón y restauración. La condena clausura; el juicio auténtico, en cambio, abre caminos.

Podemos decir, entonces, que el juicio es el acto de discernir y evaluar una realidad a la luz de la verdad de Dios, con miras a la justicia y, sobre todo, a la corrección y la restauración. No se trata de destruir al otro, sino de ayudarlo a reencontrarse con lo verdadero y lo bueno.


El mismo Jesús emitió juicios claros y contundentes. Llamó hipócritas a los fariseos y denunció conductas que deformaban el sentido de la ley y la fe. Sin embargo, Jesús opera desde otra lógica: sus palabras nacen de una plenitud interior, no del resentimiento ni del miedo. Su juicio no es vengativo ni humillante, sino correctivo y liberador.


Desde esta perspectiva, las palabras de Jesús en Mateo 7 pueden entenderse como una advertencia contra el juicio hipócrita, aquel que se ejerce sin un examen previo de la propia vida y que suele brotar del orgullo, del temor o de la incapacidad de afirmar auténticos valores. Dicho de otro modo:juzgar por amor es fuerza; juzgar por debilidad es decadencia.


Jesús no prohíbe el discernimiento moral. Lo que prohíbe es juzgar a otros sin mirarnos primero a nosotros mismos. Por eso dice: «Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano». Este llamado no elimina el juicio, sino que lo purifica. Solo después de un inventario honesto de nuestras propias faltas estamos en condiciones de ver con claridad y de ayudar al otro con amor.


Tal vez convenga reformular la pregunta: ¿nos habilita Jesús para discernir y evaluar moralmente una acción incorrecta, luego de examinarnos con sinceridad, con el fin de corregir y construir? La respuesta, a la luz del Evangelio, parece ser afirmativa.


Incluso fuera del ámbito teológico, el juicio resulta indispensable. Nietzsche subraya la importancia del discernimiento como una afirmación de la vida. Constantemente evaluamos nuestras relaciones, nuestras decisiones y nuestros caminos. Juzgamos —en el sentido de discernir— qué nos fortalece y qué nos empobrece, qué conviene y qué daña. Sin esta capacidad, la vida se vuelve caótica y vulnerable.


Cabe entonces una última pregunta incómoda, pero necesaria: ¿no será que quienes repiten obsesivamente “no juzgar” en realidad temen ser juzgados? ¿No habrá detrás de esa consigna un miedo a la comparación, a la exigencia, a la excelencia, más que una auténtica prudencia evangélica?


Conclusión

El Evangelio no nos llama a la ceguera moral ni a la indiferencia ética. Nos llama a un juicio más profundo, más humano y más divino a la vez: un juicio que nace del autoconocimiento, se ejerce con humildad y tiene como fin la restauración del otro. No juzgar, en el sentido que Jesús denuncia, es no condenar desde la hipocresía; pero discernir con amor es una responsabilidad ineludible para quienes desean vivir en la verdad.




 
 
 

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