La critica: ¡La viga en tu propio ojo¡
- Teología en Letras

- hace 1 día
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Criticar es fácil, extremadamente fácil; pero juzgar con rectitud aquello que observamos es una tarea que exige templanza, rigor y, sobre todo, una profunda honestidad con nosotros mismos. En una época donde el señalamiento público y la condena rápida parecen ser la norma, se vuelve indispensable detenernos a evaluar bajo qué condiciones éticas nos otorgamos el derecho de juzgar las acciones ajenas.
No se trata solamente de expresar opiniones parciales ni tampoco de silenciar la denuncia porque se nos ha dicho desde el contexto bíblico: «Ay, hermanito, no juzgue para que usted no sea juzgado». De lo que se trata es de limpiar la mirada antes de observar al otro. Para que el juicio no se convierta en mera hipocresía, ni en una declaración de destrucción contra quien hemos definido como malo, orgulloso o irritante, debemos analizar primero lo siguiente: mirarnos a nosotros mismos antes de levantar el dedo acusador. Es algo como auto inventariarnos¡
Es una contradicción lógica y moral pretender corregir el rumbo ajeno mientras caminamos a ciegas en medio de nuestros propios errores. Jesús lo expresó con claridad: «¡Hipócrita! Saca primero la viga de tu propio ojo, y entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano» (Mt 7:3-5, RVR60).
Reconocer nuestras propias faltas no anula la capacidad de discernir entre lo correcto y lo incorrecto, pero sí nos despoja de la falsa superioridad moral que con frecuencia sentimos. Quien examina su propia sombra sabe que la imperfección es una constante humana y, por lo tanto, aborda el error del otro no desde el pedestal del juez perfecto, sino desde la realidad de quien también lucha con sus propias debilidades.
El propósito de evaluar o señalar una falta define la naturaleza misma del acto. Si el objetivo es simplemente alimentar el ego, liberar frustraciones o condenar al ostracismo, la crítica carece de valor ético; no es honesta, es pura destrucción. Pero si la intención es constructiva, la situación cambia. Señalar el error debe ser el primer paso hacia la restauración o la mejora, no el último peldaño de la ejecución moral a la que condenamos a los demás. Si la palabra no lleva en su esencia la intención de edificar, el silencio suele ser una opción más justa y digna.
Finalmente, todo juicio debe ser basado en la humildad y la empatía. Ambas virtudes no debilitan la justicia; por el contrario, la humanizan y la vuelven más precisa. Al comprender que todos compartimos la misma naturaleza falible, evitamos la trampa del juicio implacable e hipócrita. A veces nos preguntamos por qué Dios no destruye a los malos, a los mentirosos o a los hipócritas, y nos inquieta ver que siguen ahí. Desde nuestra lógica concluimos que eliminar a los malos beneficiaría a los buenos. Sin embargo, tal vez quienes calificamos como malos continúan allí porque la propuesta de Dios no responde a nuestra lógica. Quizá esto sucede porque Dios no busca aniquilar, sino transformar.
Mirar al otro con empatía es recordar que, bajo circunstancias similares, nosotros también podríamos equivocarnos. Esto nos permite mantener un espíritu de comprensión que no justifica el error, pero sí respeta la dignidad de la persona que lo cometió. Solo desde esta simetría es posible alcanzar una verdadera justicia: aquella que corrige sin destruir y que busca la verdad sin perder la humanidad.






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