¿Qué dice la Biblia y qué queremos que diga?
- Teología en Letras

- 28 dic 2025
- 4 Min. de lectura
La Biblia es, probablemente, uno de los textos más citados y, al mismo tiempo, menos leídos con verdadera atención. No porque falten lecturas, sino porque con frecuencia nos acercamos a ella desde una pre-actitud ya definida: leemos esperando que el texto confirme lo que creemos, que refuerce nuestras certezas y legitime nuestras posiciones morales, culturales o religiosas.
Cuando esto ocurre, la Biblia deja de ser un texto que interpela y se transforma en un argumento. Ya no nos cuestiona; la utilizamos. Ya no nos conmueve; la ponemos a nuestro servicio.
En una ocasión, durante mis estudios de teología en la Universidad Nacional y la UNED, un profesor excepcional —Helio Gallardo— insistía en que la pre-actitud del lector es decisiva en el resultado final de toda lectura. Si abordamos el texto sagrado con la intención de demostrar un punto previamente asumido, la Escritura pierde su capacidad de interpelación y queda reducida a instrumento retórico.
Cuando la Biblia se usa para justificar lo injustificable
Este fenómeno no es nuevo. A lo largo de la historia, la Biblia ha sido utilizada para justificar lo injusto: relatos violentos leídos sin mediación crítica, episodios como los osos que matan a los niños, la masacre de Lais o la muerte de la concubina del levita, presentados acríticamente como voluntad divina incuestionable.
También hemos sido testigos de interpretaciones que responsabilizan a la mujer del pecado original —recuerdo incluso una prédica donde un predicador, conocido como Diamond, afirmaba que la mujer era “el diablo con tacones altos”—, lecturas que han servido para sostener estructuras de dominación, misoginia y violencia simbólica.
De igual modo, se ha legitimado la esclavitud, se ha tolerado la violencia religiosa y se ha permitido que la injusticia se disfrace de justicia, todo ello bajo el amparo de una lectura interesada del texto bíblico. En estos casos, no es el texto el que habla, sino la pre-actitud del lector la que se impone sobre él.
Tres niveles que no deben confundirse
Uno de los errores más frecuentes en la lectura bíblica consiste en no distinguir entre tres niveles fundamentales:
1. Lo que el texto dice
Es decir, lo que efectivamente está escrito: su lenguaje, su contexto histórico, cultural y social, y la intención del autor o de la tradición que lo transmitió. La pregunta clave aquí es: ¿qué quiso decir el texto en su propio contexto?
2. La interpretación
Es lo que el lector entiende desde su propio tiempo, con sus categorías morales, culturales y teológicas. Muchas prácticas que hoy consideramos injustas fueron entendidas como socialmente aceptables en la época en que los textos fueron escritos. Un ejemplo claro es el relato del pecado de Acán: el perpetrador es Acán, pero muere junto con él toda su familia. En un contexto contemporáneo, esta lógica de culpa colectiva nos resulta inaceptable; hoy afirmamos la responsabilidad individual. La distancia entre ambos contextos no invalida el texto, pero sí exige una lectura consciente.
3. El uso del texto
Es la forma en que ese pasaje se emplea para sostener una postura previa, determinada por una pre-actitud. Aquí el texto deja de ser escuchado y pasa a ser instrumentalizado.
Cuando estos tres niveles se confunden, la Biblia pierde su complejidad y se vuelve funcional al interés del lector. Ya no se la escucha; se la utiliza.
El miedo a leer de verdad
Muchas resistencias a la lectura crítica del texto bíblico no nacen de la fe, sino del miedo. Miedo a que el texto no diga lo que esperamos. Miedo a perder seguridades heredadas. Miedo a cuestionar enseñanzas recibidas desde la infancia, porque el amor a la tradición termina siendo más fuerte que el amor al texto.
Sin embargo, leer la Biblia con honestidad no debilita la fe; la vuelve más responsable. Pensar no es traicionar, sino asumir que creer implica también discernir.
Este miedo se hace especialmente visible cuando ciertos pasajes bíblicos se convierten en campos de batalla ideológicos, como ocurre en el debate sobre la homosexualidad en el contexto bíblico. Allí, el texto deja de ser espacio de reflexión y se transforma en un arma arrojadiza.
Leer antes de juzgar
En muchos temas controversiales contemporáneos, algunos asuntos funcionan como símbolos que concentran tensiones más profundas: autoridad, identidad, moral y poder religioso. En estos casos, la Biblia suele utilizarse no para comprender, sino para cerrar la discusión.
Una lectura honesta exige algo más difícil: detenerse, preguntar, contextualizar y aceptar que el texto puede ser más complejo de lo que nos gustaría.
Antes de decidir qué “dice la Biblia” sobre cualquier asunto, la pregunta más honesta es otra:¿estamos escuchando el texto o solo confirmando lo que ya creemos?
La lectura bíblica responsable no comienza con una pre-actitud orientada a favorecer nuestras creencias, ni busca condenar o absolver de antemano. Busca comprender. Este ejercicio es más exigente, más lento y, muchas veces, más incómodo, pero es el único que permite que la Biblia siga siendo un texto vivo y no un simple respaldo ideológico.
Leer antes de juzgar no es relativismo. Es respeto por el texto y por la complejidad de la experiencia humana.
Para seguir profundizando
Este artículo es una introducción a una reflexión más amplia en la que reviso críticamente los textos bíblicos tradicionalmente utilizados en debates contemporáneos, atendiendo a su contexto histórico, cultural y teológico.
📘 Homosexualidad y Biblia. Una revisión crítica de los textos. Conoce más sobre el libro aquí: Libros | Teología en Letras






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